Ilustración: Matilde Párraga: todos los derechos reservados
Había caído ya la noche en Madrid.
Miles de bombillas iluminaban las calles, pero entre ellos, que
caminaban en silencio, parecía haberse instalado una profunda
oscuridad.
Cualquiera que les viera habría
pensado que se trataba de una pareja normal, volviendo del cine. Y,
sin embargo, habría bastado una mirada un poco más atenta para
darse cuenta de que nada era normal en ellos.
Apretaron el paso al cruzarse con otra
pareja y sólo entonces se cogieron de las manos, como si acabaran de
percatarse de la existencia del otro. No hacía frío, pero ella
temblaba.
Llegaron al borde del puente y se
sentaron. Miraron hacia abajo, como para asegurarse de que era el
sitio correcto… y entonces él saltó sin esperarla.
Ella se despertó sobresaltada. Tenía
cada noche el mismo sueño, con el mismo hombre. Un hombre de rasgos
duros, que le inspiraba temor y confianza al mismo tiempo. Nada que
ver con quien dormía a su lado, que pareció notar su agitación y
se arrebujó hacia ella, aún dormido.
No sabía cuándo, pero en algún
momento su vida se había convertido en la vida de otra y simplemente
se encontraba allí representando un papel, mecánicamente. Sólo
eso.
Se levantó y se hizo un café. Cogió
la libreta y empezó a hacer la lista de las cosas que tenía
pendientes para aquél día. Él salió del baño, ya vestido. Dio un
sorbo de la taza, la besó en la frente y se fue al trabajo. Ella
miró la puerta, mucho rato. Cuando volvió la vista a la hoja, sólo
había escrito una frase: llévame donde no estés.
Relato: Alba de La Cruz. Todos los derechos reservados.
Monsters Hurricane Bells
N_ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ -_ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _
Ilustración: Matilde Párraga. Todos los derechos reservados.
Se levantó despacio de la mesa, su vida era un enorme sin sentido, no tenia ganas de luchar por nada, la sensación de fracaso y la impotencia para localizar una salida, empañaba todo reflejo de alegría en aquella cíclica existencia. La frustración de no encontrar una escusa en la vida con la que llenar aquél enorme vacío. Percibía el interior de su cuerpo como algo hueco, una muda sensación que anclaba cada hora al absurdo, desde que esos sueños la arrancaron de lo cotidiano. Aquellas calles, aquel puente, le parecían más reales que la propia superficie que pisaba en ese momento. Volvió a leer la frase una y mil veces. Llévame donde no estés.
Cogió el abrigo y tomó el primer autobus con el que se tropezó sin importarle el destino. Al rato se dio cuenta que se encaminaba hacia el cementerio. Se bajo al llegar a la puerta. Paseó horas y horas perdida entre las tumbas, hasta que la noche empezó a caer y con ella un viento frío que parecía colarse por cada poro, formando remolinos en la oquedad de su interior. Agotada se sentó con suavidad en una de las tumbas y se quedó dormida, respirando el olor del ramillete de camelias que descansaba sobre la lápida.
El mármol pareció entonces diluirse y ella lo atravesó como si de un cristalino lago se tratase. Una vez más sintió el calor de la mano de él, agarrando la suya, entrelazando sus dedos en nudos de miedo y deseo. Recorrió las mismas calles en silencio pero, por primera vez al pasar bajo la mórbida luz de la farola rompió la rutina del sueño atreviéndose a mirar su rostro. Una mitad, de rasgos delicados, bellos, casi femeninos, la otra totalmente desfigurada, arrasada por lo que su momento fueron llamas.
El corazón se le encogió, aún así,no se atrevió a soltarse. Llegaron al puente, pero esta vez él no saltó sin avisar, le devolvió la mirada y le ordenó, debes seguirme sabes que un día vendrás conmigo. Y una vez mas se precipito al vacío.
Sintió una convulsión que le nubló la vista, despertó de nuevo sobre la tumba, el claro de Luna llena que dominaba el firmamento le permitió leer la inscripción:
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Resuelve la sopa de letras para encontrar la frase.
Texto Matilde Párraga. Todos los derechos reservados.
Mecano, El amante de fuego



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