Se reclinó hacia atrás, su marido
posó las manos en sus hombros ejerciendo una suave pero firme
presión.
- No puedes seguir así, deja que Nicolas te vea, él es de
confianza, es un buen médico y amigo, no es necesario que me cuentes
nada, pero por Dios, no puedes seguir así. Le dijo, templando la voz.
Se giro, quedando de cara a ella.
Agarró sus manos y con un leve tirón la ayudo a incorporarse.
Acuéstate e intenta descansar.
Donde habrás estado, susurró para
sí... Tienes las uñas llenas de tierra negra.
Se tumbó en la cama, tenía pánico a
quedarse dormida, pero estaba exhausta. Sus ojos se cerraron, para
abrir una vez más, la caja de las pesadillas.
Despertó entre disparos y gritos de
una muchedumbre que corría sin dirección concreta. Aquellas
personas parecían gigantes!! ella, se veía tan pequeña!!
Y lo era, una frágil niña paralizada
en medio de aquel cáos.
Vio la puerta de un coche abierta y
corrió a refugiarse dentro. Los disparos alcanzaron el deposito, que
apenas tardó un segundo en romper a arder. Un joven se percató y
corrió en su ayuda, sacándola de aquella pira. Apenas se
alejaron unos metros el coche explotó. El chico, que había
protegido con su abrazó a la pequeña, notó como las brasas alcanzaban su ropa, la posó en el suelo y mirándola a los ojos le
dio una llave, no la pierdas pequeña un día volveré a por ella. La
niña contempló el rostro de aquel hombre, delicado, casi de mármol,
le recordó a los ángeles dibujados en la vieja capilla. El fuego prendió el pelo por el lado del flequillo que dibujaba una de sus
mitades, comenzó a gritar y, preso de un inmenso dolor
calló al suelo. De nada sirvió apagar las llamas, que apenas
tardaron unos minutos en devorarlo.- Sacarla de aquí, gritaba una y
otra vez hasta que, el último aliento de vida lo enmudeció para
siempre.
En su camita, rodeada de sus padres, la
pequeña no podía ni por un segundo borrar de sus pupilas la escena.
Fingió dormir y una vez sola, camuflada en la noche cerrada,
escondió la llave en la cabecita de su muñeca de trapo. Abrazada
a ella lloró con lágrimas de terror; lloró por aquel hombre de
rostro angelical.
Se despertó botando en la cama, el
corazón le latía desbocado y el aire apenas pasaba por sus
pulmones. Estaba sola en el cuarto, aquella muñeca no le era
desconocida, estaba guardada en una de las cajas del sótano, era una
de las muchas reliquias que su familia había ido conservando a lo
largo de los años.
Regresó a la habitación, estaba en su gran parte
decorada con antigüedades. Se acerco a una de sus preferidas, un
tocadiscos, sacó un viejo vinilo, y lo hizo girar. La canción se
hizo cíclica en una de sus frases, “Bloody Sunday” otro disco
rallado, pensó mientras, abrazada a la muñeca lo veía girar. Su marido, encerrado en el salón, hablaba por teléfono...
Texto e imagen: Matilde Párraga. Todos los derechos reservados.
Sunday, Bloody Sunday. U2

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