lunes, 29 de junio de 2015

UNA DOS Y TRES, SI LO ESCONDO, NO LO VES...





Se reclinó hacia atrás, su marido posó las manos en sus hombros ejerciendo una suave pero firme presión. 

- No puedes seguir así, deja que Nicolas te vea, él es de confianza, es un buen médico y amigo, no es necesario que me cuentes nada, pero por Dios, no puedes seguir así. Le dijo, templando la voz. 

Se giro, quedando de cara a ella. Agarró sus manos y con un leve tirón la ayudo a incorporarse. Acuéstate e intenta descansar.

Donde habrás estado, susurró para sí... Tienes las uñas llenas de tierra negra.
Se tumbó en la cama, tenía pánico a quedarse dormida, pero estaba exhausta. Sus ojos se cerraron, para abrir una vez más, la caja de las pesadillas.

Despertó entre disparos y gritos de una muchedumbre que corría sin dirección concreta. Aquellas personas parecían gigantes!! ella, se veía tan pequeña!!

Y lo era, una frágil niña paralizada en medio de aquel cáos.

Vio la puerta de un coche abierta y corrió a refugiarse dentro. Los disparos alcanzaron el deposito, que apenas tardó un segundo en romper a arder. Un joven  se percató y corrió en su ayuda, sacándola de aquella pira. Apenas se alejaron unos metros el coche explotó. El chico, que había protegido con su abrazó a la pequeña, notó como las brasas alcanzaban su ropa, la posó en el suelo y mirándola a los ojos le dio una llave, no la pierdas pequeña un día volveré a por ella. La niña contempló el rostro de aquel hombre, delicado, casi de mármol, le recordó a los ángeles dibujados en la vieja capilla. El fuego prendió el pelo por el lado del flequillo que dibujaba una de sus mitades, comenzó a gritar y, preso de un inmenso dolor calló al suelo. De nada sirvió apagar las llamas, que apenas tardaron unos minutos en devorarlo.- Sacarla de aquí, gritaba una y otra vez hasta que,  el último aliento de vida lo enmudeció para siempre.

En su camita, rodeada de sus padres, la pequeña no podía ni por un segundo borrar de sus pupilas la escena. Fingió dormir y una vez sola, camuflada en la noche cerrada, escondió la llave en la cabecita de su muñeca de trapo.  Abrazada a ella lloró con lágrimas de terror; lloró por aquel hombre de rostro angelical.

Se despertó botando en la cama, el corazón le latía desbocado y el aire apenas pasaba por sus pulmones. Estaba sola en el cuarto, aquella muñeca no le era desconocida, estaba guardada en una de las cajas del sótano, era una de las muchas reliquias que su familia había ido conservando a lo largo de los años.

Regresó a la habitación,  estaba en su gran parte decorada con antigüedades. Se acerco a una de sus preferidas, un tocadiscos, sacó un viejo vinilo, y lo hizo girar. La canción se hizo cíclica en una de sus frases, “Bloody Sunday” otro disco rallado, pensó mientras, abrazada a la muñeca lo veía girar. Su marido, encerrado en el salón, hablaba por teléfono...


                       Texto e imagen: Matilde Párraga. Todos los derechos reservados. 

Sunday,  Bloody Sunday. U2




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